lunes, 8 de agosto de 2016

Nuestra isla del tesoro

De pequeña me encantaba que nos dejaran en casa de la abuela. Mis hermanos y yo teníamos una interminable caja del tesoro: un armario empotrado que tenía en la última habitación de la casa y que estaba lleno de recuerdos. Mis hermanos sacaban la caja de monedas, una colección enorme que comenzó mi tía hacía años y que hoy está en poder del primo Luis, su único hijo. Claro entonces ella era soltera y nosotros sus únicos sobrinos, nos dejaba trastear siempre que pusiéramos todo en su sitio. Tenía también un caleidoscopio que nos turnábamos para mirar... pero claro éramos 4 y siempre alguno tardaba más, así que buscábamos otras distracciones. Abuela guardaba algunas botellas de perfume antiguas, yo siempre he sentido una gran atracción hacia el cristal, a pesar de tenerle pánico, una de esas contradicciones de la vida. 

Me gustaba sacarlas de sus cofres, la mayoría vacías, o con algunos pequeños defectos. Otra de mis tías trabajaba en una perfumería, ella le traía todos esos frascos, los que se rompían, los que venían con algún defecto o los que los propios vendedores de la casa le llevaban de regalo. Era una mujer muy guapa, nunca rehizo su vida, su marido emigró a Venezuela y no quiso ir con él... así que era una señora casada a las que todos adoraban y respetaban por igual. 

¡Cuántas tardes pasamos en aquella habitación!, cabíamos dentro del armario, con sus enormes puertas correderas de color camel...a veces la sacábamos de quicio peleándonos por el caleidoscopio, o por contar las monedas, nuestro gran tesoro, las íbamos a vender de mayores y seríamos ricos. 

Unos pocos años más tarde yo ya tenía predilección por la biblioteca, ubicada en la misma habitación, así que dejé tranquilas las botellas de perfume, una menos para pelearse por el caleidoscopio. Yo me perdía entre libros, algunos de ellos los tengo hoy en la mía propia. Mis hermanos mayores fueron cambiando también sus distracciones por salir al jardín con los hijos de los vecinos, así que quedamos el peque y yo... hasta que llegaron los otros intrusos... los otros primos menores a los que queríamos mucho y les fuimos descubriendo poco a poco los tesoros del armario empotrado, pero no dejaban de ser intrusos en nuestra isla del tesoro.

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